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La Chica del Vestido


Fantástica leyenda de miedo que relata la historia de una chica llamada: "La Chica del Vestido Blanco". Sin duda una historia que a muchos se nos pondrá los pelos de punta. Mi madre me ha contado miles de veces esta historia, pero no sé si es cierta o se la ha inventado porque a mí me encantan estas cosas. Cuenta la historia que un día ella y sus amigos estaban en la discoteca, antes de nacer mi hermano, yo y de conocer a mi padre. Ella vio a un amigo suyo que siempre solía estar solo y que era muy callada, peor aquella noche estaba acompañado por una chica con pelo rubio y largo y un vestido blanco por la rodilla. Estaban bailando, parecían divertirse. Mi madre estaba con su hermano (mi tío) y tuvieron que macharse porque ya llegaba la hora. Pasados dos o tres días, quedaron toda la pandilla, incluido el amigo de mi madre, nunca me dijo su nombre porque dice no acordarse. Él estaba como siempre, silencioso y distante, pero sin más empezó a llorar. Mi madre le preguntó qué pasaba y él se lo contó todo. Resulta que dos días atrás, o los que fueran, estaba en la discoteca, y esta chica se le acercó y le preguntó si quería bailar. Él se fijó en lo guapa que era, y aceptó. El amigo de mi madre la preguntó que a qué se dedicaba y ella contestó que no trabajaba, que estaba descansando. Ella no hablaba mucho, pero tenía una mirada muy expresiva aunque parecía estar pérdida, unos preciosos ojos azules. Al acabar la fiesta el chico la cogió una mano y notó que la tenía muy fría. Ella le dijo que era así, pero aceptó la chaqueta del amigo de mi madre para irse a casa. Acabo de recordar el nombre de la chica, se llamaba María. Al día siguiente el chico fue a buscar su chaqueta a casa de María, porque ella le dio la dirección. Abrió la madre de María, y el chico preguntó por ella. La madre le dijo que ya no estaba allí, y él la dijo que la noche anterior estuvo bailando con ella y le dio esa dirección. La madre empezó a llorar y a decir que era imposible, que no podía ser y que María murió cuatro años atrás. El amigo de mi madre no se lo creía, entonces la madre de la supuestamente difunta Mía le llevó al cementerio que había cerca de su casa. Le condujo hasta la tumba y allí, encima de la lápida, estaba la chaqueta del amigo de mi madre. Él miró la foto y el nombre y se dio cuenta de que efectivamente era ella. La madre le contó que ya había vivido casos parecidos los años anteriores. El detalle de la chaqueta fue para despedirse del amigo de mi madre, pero él se quedó destrozado. Se había enamorado de verdad, y se lo contó así a mi madre.

Ellos te Observan

¿Has tenido la sensación alguna vez de que los retratos y los cuadros de personas pueden observarte y lanzarte miradas? Pues bien, esta es mi historia. Desde que era un chiquillo observaba mi retrato de cuando tenía 2 años de edad. Vestía un trajecito azul, utilizaba zapatitos rojos y tenia mi cabello peinado hacia un lado. Al principio no ocurría nada, hasta que cumplí los 4 años. Cuando tenia esa edad simplemente no entendía porque mis padres peinaban mi cabello de cierta manera, me hacían utilizar ese tipo de zapatos y sobre todo me hacían vestir ese estúpido trajecito azul. Eso fue en mi día de cumpleaños. Pocas semanas después, mientras dormía, sentí una extraña fuerza que me asfixiaba, como si un objeto pesado se posara encima de mi pecho. No podía respirar, ni podía gritar ni emitir sonido alguno. Todo fue en vano, nadie me escucharía. Cuando todo paso, fui corriendo a encender la luz, pero no vi. a nadie en la habitación. Solo estaba yo, y por supuesto mi retrato en la pared. Fui corriendo donde mis padres a explicarles la situación, y estos me dijeron que no me asustara, que seguramente había sido un ataque de asma. Sin embargo, yo preferí quedarme a dormir con mis padres por cierto tiempo. Pocas días después, aun durmiendo con mis padres, esa extraña fuerza me hizo caer de la cama; caí al suelo y sentí de nuevo esa fuerza asfixiante en mi pecho. Trate de gritar, de pedir auxilio pero no podía. De repente, entre la oscuridad pude distinguir la silueta de algo cuadrado, ¡de mi retrato! Al otro día comente a mis padres acerca de la noche anterior, y ellos decidieron llevarme al psicólogo. Mientras era de día, la fuerza no me visitaba, pero sentía cuando pasaba al lado de mi retrato como sus dos pequeños ojos me seguían con su mirada, con una expresión de rabia. Durante dos años se presento el mismo suceso una y otra vez. Cada vez que ocurría me quedaba sin aliento, y podía distinguir entre la oscuridad los ojos del retrato. La última vez que pasó este incidente, luego de perder el aliento y no poder gritar, vi como esos dos ojos se me acercaron hasta tal punto que pude oír esta frase “USURPADOR”. Al otro día comente a mis padres, y cuando escucharon lo que me había dicho, se miraron entra si y por fin me creyeron. Desde ese día cambiaron mi forma de peinarme, no me obligaron a llevar el traje azul ni los zapatitos rojos. Aquella fuerza nunca volvió a molestarme. Hoy en día tengo 18 años, y hace unos meses me di cuenta que dos años antes de que yo naciera, mi hermano Martín había muerto de un ataque de asma. Tenía tres años cuando murió, y mi madre me contó que el chico del retrato no era yo, sino mi hermano Martín. Teníamos una similitud física impresionante, y esa era la razón de que mis padres me peinaran de esa manera, me obligaran a llevar puesto el trajecito azul y los zapatitos rojos. No me deshice del retrato, lo coloque al frente de mi cama, para que cuando vaya a dormir sea lo último que vea, y cuando despierte sea lo primero. Cuando el retrato de mi hermano y yo cruzamos algunas miradas, sentimos una mutua complicidad, guardamos un secreto.
Desde ese día cuando miro a un retrato cualquiera, no puedo evitar pensar que cada uno tiene una historia que contar, así sea con una mirada. Así que cuando creas que un retrato te esta mirando, ya sabes que ellos te observan, amigo mío, así pienses que no es así.

La Mano Invisible

Alguna vez, en la familia de Lorena ya había ocurrido que a sus hermanas les habían acariciado el pelo, la espalda o incluso empujado... La noche en que le ocurrió a Lorena este breve episodio dormía sola. Compartía habitación con su hermana pequeña, pero ella no estaba. Se abrazó a la almohada, dejándose llevar por el sueño estirada y con el rostro hacia el techo. La almohada estaba agarrada por su brazo izquierdo, y allí permaneció todo el tiempo. Cuando ya estaba empezando a dormirse ocurrió: Un golpe seco debajo de su ombligo y encima de su pubis la despertó de golpe. Casi se levantó pero no lo hizo, tan solo permaneció quieta mirando a su alrededor y analizándolo todo: la almohada no había sido, seguía abrazada a su izquierda... estaba sola, nadie había tenido tiempo de entrar, pegarle y luego salir... Pensó y recordó otro episodio, cuando un fin de semana se había marchado con unos amigos a celebrar un weekend en una casa de ICONA en mitad de una montaña de Ayora. Todos iban a ponerse hasta arriba de tripis, peroella no lo hizo. Tenía el suyo, pero no lo tomó, simplemente lo guardó. La casa tenía apenas dos habitaciones: donde se dormía –un amplio cuarto donde había tirado en el suelo un colchón de matrimonio y una litera de madera-, y el salón, donde se pensaban correr la juerga. Menos una pareja que se marchó a la habitación, el resto permaneció en el salón tomando tripis, fumando porros y bebiendo alcohol. La fiesta no acabaría hasta el día siguiente. Lorena, por algún extraño motivo, no hizo nada de eso, y decidió irse a dormir. No era cómodo tumbarse allí con aquella pareja que -si bien no estaban haciendo nada-sí buscarían algo de intimidad, pero por algún motivo que ni ella sabía, Lorena decidió tumbarse en una esquina de la litera, con el cuerpo pegado a la madera, los brazos flexionados en dirección hacia su cabeza, sin apenas un sólo hueco por el que alguien pudiera hacer lo que hizo: tocarle el pecho.
No recordaba si era el izquierdo o el derecho cuando me lo contó, pero sí recordaba la sensación de pánico que sintió. Algo había tocado su pecho como si lo amasara, y no había espacio entre sus brazos para conseguir tal hazaña. También en aquella ocasión, tras sentir un escalofrío en la espalda y  notar cómo abría desmesuradamente los ojos por el miedo, analizó la situación. La pareja seguía tumbada en su rincón, y no había nadie más. Su determinación fue más que sorprendente. Se dijo: si tengo que sufrir alucinaciones, al menos que sea con un tripi en el cuerpo. Curiosamente, el resto de la noche no le ocurrió nada más. Se comió su tripi, bebió alcohol y se rió con el resto de su grupo.   

VOVER LENYENDAS

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